CUENTO «EL JAPI AWER» DE JOSUÉ ANDRÉS MOZ

If you got bad news, you wanna kick them blues; cocaine.
―Eric Clapton

*

Afuera suena lusingmaireliyion de Arr-i-em. Acá adentro, sólo llega el sordo rumor de la rolita y arden las moscas atrapadas en el basurero. Alguien golpea la puerta con desesperación.

He pensado esto como el inicio de una película de mediano presupuesto: las paredes son azules, muy azules, pintura de aceite, el foco del baño es rojo, parpadea y está rodeado por una redecilla de alambre. Yo orino enérgicamente y muerdo la grapa nueva que debería pesar un gramo. Cesa el sonido del agua y hay un acercamiento lento hacia la llave. Luego enfoca la nariz, falla por tres segundos la luz, aparece el sonido de inhalación —es necesario que este sea idéntico al de la droga en requiemforadrim —. Vuelven a tocar la puerta. Abro y la música participa con claridad.

Afuera me ven dos tipos delgados y eufóricos, los espío de reojo, me lavo las manos y cruzo la cortina. Acá, hay un plano secuencia que dura aproximadamente cuatro minutos, con cámara apuntando a espalda y acciones típicas de bar. Como saludar a alguien que no resultará relevante para el resto de la historia, colocar dos monedas en la rocola, elegir canciones que pretendan simbolizar algo importante para la trama, comprar cigarros a la anciana de las rosas y caminar al fondo del lugar. Retiro una silla y ofrezco uno de los cigarros a la mujer delgada al otro lado de la mesa, ella lo toma y rechaza que le acerque mi encendedor, saca el suyo y me recuerda que nos van a cerrar el supermercado.

Ahora descarto la idea del plano secuencia para hacer un corte en el que asisto rápidamente al baño junto a ella. Otro en el que dejamos una moneda de dólar al mesero que nos presentó con el diler. Arranca entonces un último plano con ella caminando a mi lado sin tomarnos de las manos, suenan Los Ángeles Azules y el vigilante del lugar cierra la puerta detrás de nosotros. Agudo sonido de bisagras. Un golpe seco del metal. Todo negro.

**

Al principio pensé en colocar estas flechas en pantalla emulando el tiempo transcurrido,

►►

luego jugar con la idea de que adelantamos demasiado la historia y colocar el rebobinado. Entonces, acá se vería un reducido quirófano a todas luces insalubre, luego herramientas médicas, una mesa de metal, dos tipos con mascarilla de tela verde, una mujer desnuda en camilla,

◄◄

retroceder, retroceder y de golpe pausar,

▌▌

adelantar un poco más y dar pley ►. Pero al final decidí que la puerta cerrada a nuestras espaldas podría dar paso a la misma puerta de mi casa. Es menos complicado, más Bryan Fuller y menos David Fincher.

***

Acá esto abandona el carácter cinematográfico. Entramos juntos, ella va directo a la pared con libros. Revisa. Me pregunta si he leído todo, si existe acaso algún orden particular, si hay motivos por los cuáles Jorge Volpi esté debajo de Estuardo Prado, o si tengo razones para colocar a Benedetti por debajo de Walt Whitman.  Le digo que los tengo así por el tamaño y para ahorrar espacio. Me mira como si eso no tuviera sentido o la respuesta no fuera suficiente. Enciende el televisor.

Abrimos la botella de ron que pasamos a recoger al supermercado. Colocamos cada uno tres cubos de hielo y acá comprenden que nunca se abandonó el carácter cinematográfico. Pues al dejar caer el ron adentro del vaso, la cámara se acerca al líquido, viene un cambio de luz y es el padre de Claudia quien está frente a ella. El señor en camiseta le dice suavemente que es una puta, que ya sabía que ese su novio la iba a dejar embarazada y que en ningún momento se le ocurra volver a casa sin haberse sacado ese bichito hijueputa. Que él no vuela verga para mantener a los hijos de otro y que, si quería, que se fuera por la misma puerta que se fue su nana.

Cae el vaso sobre la mesa, ya no hay hielo, es mi mano la que ahora lo levanta. Veo a Claudia y le pregunto que qué ondas y me dice que pensó en una pendejada, que no hay problema. La botella está a medio beber. La elipsis debería resultar interesante; este no es el caso. Me dice que siempre le he parecido demasiado arrogante, que todos en el colcenter deben pensar lo mismo y que, aunque no dijera nada sobre querer ser escritor, se me notaba a kilómetros cuánto deseaba algún día tener suerte y pegarle a algún certamen, aunque fuera de los baratos, de esos en que los premios son cincuenta dólares, que la falsa modestia no me quedaba y que yo no sabía cómo darle paja para que ella me creyera la humildad.  No supe qué decirle. Ella rio y dijo que precisamente por eso le caía bien. Que conocía a varios ‘‘del medio’’.  Yo encendí un cigarro y pensé en mi padre. Como soy quien escribe esto, también sé que ella otra vez pensó en el suyo. No hubo ningún beso. No hay a continuación una escena con desnudos injustificados. Me pidió un cigarro y me dejó que se lo encendiera. Ella tenía otra bolsita de coca. La cámara enfoca el exterior de la casa. Luces encendidas. Parpadea el televisor.

****

A la mañana siguiente me preguntó que cuánto sería de mensualidad y si realmente no iba a tener problemas con mi familia. Le expliqué grosso modo sobre mi hermano y las remesas y el hecho de que mi mamá iba a saber entender si algún día decidía visitarnos. Me dijo que no quería deberle nada a nadie, que no pensara en obtener favores sexuales y que necesitaba que le cobrara. Le respondí que ya sabía eso, que fuera por sus cosas y en la noche hablaríamos de un precio. Acordamos cuarenta dólares al mes, un doce pack de cerveza cada quincena y la distribución de la limpieza. Parecía contenta con el trato. En el primer mes fue sacando poco a poco sus cosas de su antigua casa, siempre en horarios que su padre se encontrara trabajando.

Ese primer mes, también dejó ochenta dólares encima de nuestra librera.

*****

Durante las primeras tres quincenas asistimos con regularidad al Japi Awer. No hace falta explicar que este es el mismo bar del inicio. Lo que puede ser necesario, es relatar que unas semanas atrás habíamos salido a tomar el breik, la había visto por las gradas, sabía que fumaba y escuché por boca de Cristina que tuvo problemas con el supervisor. Me acerqué a ella para pedirle fuego. Yo tenía mi encendedor guardado en el pantalón. Ella me vio como sabiendo que todo era una excusa para hablarle. Me vio como si supiera por adelantado que le preguntaría cómo estaba, si no tenía miedo que la echaran del col. Por ello se adelantó a decirme que Félix es un pendejo, que por cerotes como él las bichas no confiaban en nadie. Encendí otro cigarro, tenía razón. Platicamos unos minutos y acordamos no esperar el transporte de salida por la noche, pedir un uber hacia la Zona Real y tomarnos un par de cervezas. Las semanas siguientes recorrimos distintos bares hasta toparnos con el Japi Awer, supongo que es porque encontramos a seis dólares el gramo y porque parece que no es un nombre tan horrible para un cuento.

******

Una noche en la que regresé tarde a casa, porque como es natural no siempre volvemos juntos, la encontré vomitando en el baño. Ella dijo que se le habían pasado las cervezas, yo le dije que no quería meterme pero que era el embarazo. Evidentemente no hubo ninguna larga discusión sobre espinitas morales de cajón. Le conté que tenía contacto con una amiga que utilizó una clínica clandestina. Le escribimos a guatsap y nos informó que no costaría más de trescientos dólares y que por lo menos a ella, no le fue tan mal.

*******

►►

Esta es la escena que adelantamos hace un par de minutos. Quirófano reducido, paredes de piedra picada, bastante insalubre, luego un juego de herramientas metálicas que ustedes desconocen, dos tipos con mascarilla de tela verde y Claudia desnuda en la camilla. Afuera, Yessenia y yo esperábamos a que saliera. Pasaron un par de horas. En ese tiempo caminé al final del pasillo, hacia las pocas ventanas que había en el lugar, fumé porque parecía estar permitido y regresaba a platicar con Yessenia, para luego levantarme y volver a fumar. Los trescientos dólares valieron la pena. Claudia no había muerto durante el aborto, y había salvado a alguien de venir a morir lentamente en las infértiles entrañas de este paisito de mierda.

********

CRÉDITOS-CRÉDITOS-CRÉDITOS-CRÉDITOS-CRÉDITOS-CRÉDITOS-CRÉDITOS

CRÉDITOS-CRÉDITOS-CRÉDITOS-CRÉDITOS-CRÉDITOS-CRÉDITOS

CRÉDITOS-LLANTO POR NO HABER OBTENIDO JUEGOS FLORALES-CRÉDITOS CRÉDITOS-CRÉDITOS-CRÉDITOS-CRÉDITOS CRÉDITOS-CRÉDITOS

CRÉDITOS-CRÉDITOS-CRÉDITOS-CRÉDITOS-CRÉDITOS

CRÉDITOS-CRÉDITOS-CRÉDITOS-CRÉDITOS

CRÉDITOS-CRÉDITOS-CRÉDITOS

CRÉDITOS-CRÉDITOS

CRÉDITOS

CRÉDITOS

*********

Escenita poscréditos: me encuentro sentado en el Japi Awer, la luz azul de la rocola me golpea el rostro. A Claudia la echaron del colcenter luego de no poder asistir a trabajar por las complicaciones. Ahora está bien. Para tranquilidad de ustedes, les cuento que no volvió a ver a su exnovio y mucho menos volvió a casa de su padre. El viernes pasado me dio las gracias, me dijo que tenía casa donde su tía, tomó sus cosas, me dejó otros ochenta dólares y se fue. Ahora suena Eric Clapton, escucho a todos repetir su shisdonlai shisdonlai shisdonlai coquein, y pienso que el epígrafe cumplió con su papel de prometer otro tipo de historia. El verdadero epígrafe de este cuento bien pudo estar compuesto por algunos versos de ‘‘El viaje inútil’’ de Lydia Nogales, pero ya no hay nada que hacer. Ahora hay cámara aérea, vista panorámica de todo el bar, gente caminando, luces danzando, alguien lavándose las manos. Me levanto a pagarle al mesero, la cámara hace un lento acercamiento hacia el cigarro que dejé encendido en el cenicero. No lo sé, esto bien podría ser una obvia metáfora visual. No importa. La cámara se queda pegada al cigarro hasta que se apaga.

Deja de sonar la rocola.


Los trescientos dólares valieron la pena.

Josué Andrés Moz (San Salvador, 1994). Poeta y gestor cultural. Actual estudiante de la Licenciatura en Letras en la Universidad de El Salvador. Ha publicado poemas en diversas revistas literarias, así como en distintas antologías dentro y fuera de su país. Publicó Carcoma (Editorial La Chifurnia, 2017) y Pesebre (Editorial La Chifurnia, 2018). Miembro fundador de THT. Miembro del equipo coordinador del Festival Internacional de poesía ‘‘Amada Libertad’’, director de los ciclos permanentes de poesía: ‘‘Los Heraldos Negros” y “La noche del Albatros” y miembro coordinador del Encuentro de Poesía de San Salvador. Ha participado en el Festival Internacional de Poesía de Aguacatán (Guatemala, 2018), en el Primer Encuentro Centroamericano de Escritores Edilberto Cardona Bulnes (Honduras, 2018) y participó como ponente en el Primer Congreso Centroamericano de Literatura (USAC, 2019). Es corresponsal de Revista colombiana Literariedad por parte de El Salvador. Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu página web en WordPress.com
Empieza ahora
A %d blogueros les gusta esto: